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Domingo Faustino SarmientoDesde el día domingo 21 de marzo de 1915, nuestra Biblioteca lleva el nombre de Domingo Faustino
Sarmiento (15-02-1811/11-09-1888) en homenaje a este prócer que, conjuntamente con
otros de la talla de Mariano Moreno, Manuel Belgrano, José de San Martín y
Juan Bautista Alberdi, entre tantos, estructuraron la grandeza de la Argentina del siglo XIX.
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"Tras el último y supremo combate, Sarmiento entrega su mortal vestidura a la tierra, como el soldado antiguo se despojaba, después de ruda lucha, de su trabajada armadura y de su vieja y buena espada, al caer vencido por fuerzas superiores. Quédale su gloria; ante ella se inclinan todos, y en campos adversos están silenciosas las tiendas, enlutadas las banderas, mientras el tambor bate el fúnebre compás. Todos le hemos visto, todos le hemos conocido; era la cumbre más elevada de nuestras eminencias americanas, el Sol coronaba de luz su sien soberbia y había en sus entrañas agitaciones de volcán. Viviendo en su contacto era difícil medir sus proporciones y sólo al caer derruido por el tiempo podemos apreciarlas, al ver sus fragmentos cubrir medio siglo de nuestra historia, en la extensión de medio continente. Cada uno de ellos puede servir para elevar un monumento de faz diversa y materia variada. Hay allí desde el duro granito para levantar un baluarte, hasta el grano finísimo rival del pentélico famoso, en que el artista puede cincelar su obra más delicada. Sarmiento nada debe a su época, ni a su escena. Fue el cerebro más poderoso que haya producido la América, y en todo tiempo y en todo lugar hubiera tendido sus alas de cóndor y morado en las alturas. Nacido hace un siglo, hubiera sido una de las primeras figuras de nuestra emancipación política, arriba de Moreno y al lado de Rivadavia. Nacido en el primer año de la Revolución, ha sido el que vio más lejos en el porvenir los destinos de nuestra patria y quien mejor comprendió los medios de alcanzarlos. Ha sido el faro más alto y más luminoso de los muchos que nos han guiado en la difícil senda. Escritor, orador, legislador, ministro, presidente, su labor ha sido vasta y continua. Fue apóstol y fue soldado. Le tocó por patria, como a todos los de su época, inmensa heredad inculta y aplicó todo el vigor de su alma a abrir en la espesa selva anchas vías a la civilización. Lo hemos visto sudoroso, apasionado, febril, empuñar el hacha del pionero, abrirse paso a través del espeso matorral de la ignorancia, destrozando errores, preocupaciones, y al encontrarse en su camino con el árbol colosal de la tiranía que cubría a su patria toda con sombra letal, atacar su tronco, herirlo sin tregua y sin reposo hasta verlo caer con estrépito, abriendo en el bosque inmenso claro, que permitió a un pueblo contemplar el cielo esplendoroso y aspirar las puras brisas de un porvenir libre. Su vida fue de acción y de lucha; tenía en su panoplia todas las armas; pero su inteligencia con músculos de atleta, prefería la maza hercúlea a cuyo golpe terrible saltaba en pedazos la más sólida armadura. En todo momento, ya ocupara la más alta magistratura de su país, en su banca de senador, manejando la pluma del polemista, en el seno de la intimidad, era siempre el mismo: espontáneo y genial, de pensamiento vastísimo y fecundo, con un soberbio desconocimiento de lo pequeño y del ridículo, inmaleable, con un poder de iniciativa no igualado y con una energía y tenacidad inagotables. Le faltaban esas cualidades de seducción que obran sobre el sentimiento de las masas, que caracterizan a los conductores de hombres y engendran la popularidad. Todo su organismo estaba absorbido, dirigido, dominado por su cerebro, y podía en ciertos casos no inspirar cariño, pero imponía siempre admiración y respeto. En el recinto del Congreso su banca era una cátedra, y cuando hacía oír su voz, todos lo escuchaban con veneración, en la seguridad de nutrir su inteligencia con esa palabra que nunca fue pueril o vulgar. Si la pasión lo agitaba, su elocuencia era tormentosa; obscuridades imponentes en cuyos senos se sentían agitarse las ideas, se agolpaban formando marco a claridades radiosas, y relámpagos iluminaban a intervalos el soberbio cuadro. Todo lo que constituye nuestro progreso, debe algo o mucho a Sarmiento. En su vida laboriosa ha trazado largo y profundo surco en nuestro virgen suelo argentino, derramando en él a manos llenas la semilla fecunda del bien. Si alguna se perdió entre espinas y pedregales o fue llevada por las aves del cielo, más feliz que el sembrador del Evangelio, la mayor parte cayó sobre tierra fértil, brotó lozana y vigorosa y hoy se eleva como homenaje eterno a su memoria. ¿Cometió errores, injusticias? Tal vez; no lo recuerdo. El gran trágico inglés pone en labios de Antonio, ante el cadáver de César; estas palabras desconsoladoras: "El bien que los hombres hacen en la tierra, queda muchas veces sepultado con sus huesos". No. El error, o el desvío de la pasión, son hijos de la tierra, y el sepulcro reclama todo lo que le es propio. Queda para el alma inmortal todo lo que nació de la inteligencia o el amor, que son las chispas divinas que enaltecen al hombre y lo colocan en el trono de lo creado. Hoy, en esta última jornada, al pasar sus restos en busca del lecho de su eterno reposo, cruzarán entre filas de niños que se agitarán y se agolparán para arrojar flores en su camino, y el murmullo de millares de bocas infantiles que es la voz del porvenir, será el himno más grato y que se eleve a las regiones donde mora su espíritu y compense las fatigas del más ardiente apóstol de la educación popular. No habrá aldea en la República donde no se lea: "Escuela Sarmiento", y ya aparece su nombre en varias como en el cielo sereno aparecen los astros brillantes cuando el sol ha descendido en el horizonte. Su nombre pertenece ya a la Historia, y cuando la República Argentina sea una de las grandes naciones de la tierra y sus hijos, vuelvan la mirada hacia la cuna de su grandeza, verán destacarse la sombra de Sarmiento, consagrado desde hoy para siempre como uno de los padres de la patria."
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